¿Y si un día despertaras y te dieras cuenta de que alguien ha
hecho el camino por ti?
Que ya no tienes que levantarte más y correr porque
llegas tarde, que ya nadie te espera al final de esa avenida. El teléfono tampoco
va a sonar, ella no va a explicarte con que piedra se ha encontrado hoy. Tampoco
va a hacer falta que te busques, y ya ni hablo de encontrarte.
Quizás entonces ya no tendría sentido salir de
la cama ese día, ni correr, ni llamar, ni explicar, ni buscar ni encontrar,
nada. Si algún día prometiste algo, ya tampoco vale. Si encontraste tu sitio,
de nada sirve que sigas en él. Pero eso es solo para quienes no saben soñar.
Podríamos aprender a empezar cada día y de cero. El olor a
tostadas, la voz que necesitas, un recuerdo y un objetivo. Nada tiene porque
ser más difícil. Si cada golpe va a formarte después, no sé por qué les tememos
tanto. Y hablando de sentirte lleno, es
tan simple… Como un acorde interminable que otros dejan de escuchar cuando tu
aun lo estas sintiendo. Entre efímero e indescriptible, si nadie te hace falta
entonces, ¿por qué nos empeñamos en que nuestra felicidad se encuentra en los demás?
Somos
menos necesarios de lo que creemos.
Pero si en algo tenemos que ver, es en como
afrontamos esa mañana, como nos levantamos de la cama y quienes elegimos para
que nos acompañen.
La misma historia día tras día, pero yo prefiero andar mi
camino, a levantarme un día y no tener nada por resolver.
“Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber donde puedes terminar o empezar”. Vetusta Morla.
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